Supongo que no hay palabras.
Hay lágrimas, muchas lágrimas.
Abrazos, rostros consumidos en pena, bocas resecas, hombros caídos, ojos
cerrados para no ver cómo la realidad nos golpea…
Pero no hay palabras. No las hay.
Creo que intentar buscar un “por
qué” es condenarnos a una locura perpetua, a un sinfín de preguntas para las
que nadie tiene respuesta.
Y sin embargo… ¿Por qué?
La empatía puede ser el mayor
don, o la mayor maldición. Sentirte en la piel del otro en una situación así te
lleva a ayudar en todo lo que puedas, pero también te sume en una tristeza
continua por no poder hacer más de lo que ya haces.
Impotencia. Una impotencia y una
rabia que consumen cualquier rastro de cordura dentro de tu cabeza. ¿Para qué
queremos relojes si solo nos sirven para ver cómo pasa el tiempo? ¿Para qué si
no nos permiten retroceder y evitar tantas tragedias?
Esas malditas agujas seguirán
sonando, avanzando, sin tener en cuenta que dejan atrás casi ochenta corazones
menos. Pequeños relojes que marcaban el tiempo a latidos, uno tras otro. Y
ahora que se han apagado… el mundo continúa girando.
Como si nunca hubiesen
estado ahí.
Mentira.
En ese tren viajaban doscientas
diecinueve historias, y aunque ochenta hayan perdido los latidos que las
escribían día a día, el resto no dejaremos que esas historias con un trágico
final se olviden sin más.
A veces parece que estamos solos,
pero en el momento de la verdad, cuando se nos necesita, cuando ocurre una
tragedia grande que no pueden controlar y arreglar solo unos pocos… todo el mundo
aporta, todo el mundo se moviliza por el otro.
No quiero regodearme en la
tragedia, en la tristeza, en lo que todos sentimos cuando imaginamos como se
sienten todos los afectados, tanto directos como indirectos… esa pena, ese
dolor por el otro, tiene que ser el impulso que nos lleve a actuar. Esa es la
energía para poner en marcha el motor que nos mueve a todos a dar cuando se nos
necesita de verdad.
Fue desde el principio. Antes de
que llegaran las ambulancias, los vecinos ya estaban ayudando a los heridos, y
aportando mantas y todo lo que les pedían.
Y desde el primer momento,
bomberos y policías colaborando para rescatar a personas atrapadas, ayudar a
las que permanecían en las vías tras el impacto. Supongo que estos tres
testimonios de policías no serán nuevos para la mayoría, pero aún así, no dejan
de ser impactantes, y conmovedores.
“No puedo contener mis lágrimas, cuando estoy sacando cadáveres
y les están sonando sus teléfonos móviles” dijo uno.
Otro policía gallego dijo: “Me ha impactado muchísimo una imagen.
Un padre, una madre y un hijo abrazados, muertos”
Y un niño de 17 años le dijo a un policía mientras moría: “Dígale
a mi hermano que le apoyaré desde donde esté, para que se futbolista…”
¿Sabéis? Hay mil maneras de definir a un héroe. Pero los
verdaderos, no llevan capa. Llevan casco y uniforme. Un héroe salva vidas. Y todos
ellos, todos los que están allí, como los que aparecen en esta imagen, son auténticos
héroes. Pero no son los únicos. Porque todos han aportado en la
medida de sus posibilidades, y eso, en el momento de la verdad, es lo que
cuenta.
Todos esos médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, muchos
en paro, que han acudido a ayudar voluntariamente. Esas inmensas colas de
alrededor de miles de donantes desde ayer por la noche, cuando se hizo el
llamamiento en los hospitales. Esos enfermos o heridos leves que ya estaban
ingresados, pidiendo el alta para dejar camas libres a los que iban llegando en
un estado más grave; esas personas anónimas que han transportado en sus coches
a los heridos hasta el hospital, bomberos que suspendieron una huelga para
ayudar en la tragedia, psicólogos voluntarios, personas de todo el país movilizándose
para ir y dar apoyo, ayudar o donar sangre…
Ya lo decía el periódico británico, y sin embargo no hace
falta: nosotros ya lo sabemos:
“España, gran ejemplo de solidaridad en los peores momentos.
Están en crisis económica, pero no emocional”.
Y es que juntos se puede. Juntos no hay nada imposible, si
nos movemos por un mismo motivo.
Es verdad que no podemos retroceder en el tiempo, ni borrar
una tragedia así tan rápido como sucedió. Pero sí podemos afrontarla y dar de
nosotros para aliviar en todo lo posible a los que la están padeciendo más de
cerca. Es lo que todos pensamos, hasta que en momentos como este se
hace realidad: cada cual aportando su granito, logrará formar junto a los demás
una inmensa montaña.
Y todos los que estaban y están aún allí, aportando, hacen
que esa montaña no caiga. Hacen que todo este dolor sea más llevadero, salvando
vidas, ayudando en rapidez para identificar a aquellos que ya han fallecido. No estáis solos. Todo el país está con vosotros, y todos lo
que lo componemos nos ponemos en vuestra piel, y os mandamos nuestro más
sincero apoyo. Solo hay que mirar las redes sociales, escuchar las noticias, o
tan siquiera asomarse a la calle y escuchar de qué habla la gente, para darse
cuenta de que es verdad.
No regodearos en ese “por qué”, y callarlo con un “cómo”. Cómo
ayudar a los que siguen ahí, cómo seguir a partir de ahora, cómo luchar para
que un accidente así no se vuelva a repetir, cómo afrontarlo sin hundirnos, cómo
no quedarnos atrás…
Que ese “cómo” acapare cada pequeño tictac en las agujas de
vuestro corazón, para que así la cordura que anida en vuestra mente no tenga
tiempo de buscar un “por qué”.
Con sucesos así es cuando uno se da cuenta de lo frágil que
es una vida, y sin embargo, lo importante y fundamental que se vuelve para
tantas personas, y el vacío tan inmenso que puede llegar a dejar si se pierde.
No olvidéis que no estáis solos, por favor. Y sed fuertes,
la fuerza es lo que mueve a las personas a seguir avanzando, aunque la vida
decida a veces derrumbarnos a golpes.
Desde aquí, mis más sinceras condolencias a los familiares
de las víctimas y a los propios afectados en el accidente. Escribir esto es lo
mínimo que podía hacer, ya que no tengo medio ni edad para llegar y plantarme
en el hospital, y así poder donar sangre, ni tampoco he llegado aún a estudiar
psicología para poder acudir allí donde la gente necesita asimilar un suceso así.
No sé si alguno de los afectados leerá esto que escribo, al
fin y al cabo, es un blog perdido de una chica cualquiera, demasiado
insignificante comparado con lo que ha pasado en estos dos días.
Pero es todo lo que puedo hacer.
Un abrazo inmenso, y ánimo. No olvidéis nunca que mientras más
trágica sea vuestra historia, más fuerte tiene que ser vuestra sonrisa.
Y esos corazones que ya no están aquí, lo hubiesen querido
así. Estoy segura.
La vida no te enseña a ser fuerte, te obliga a serlo.
Así que ánimo, mucho ánimo.


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