He
tardado más de dos semanas en romper el muro.
No
encontraba fuerza en mis manos. No encontraba nada.
Han
sido días oscuros en los que la sangre parecía haberse congelado. Solo me
llegaba al corazón para recordarle que debía seguir latiendo. Solo llegaba a
mis ojos para verter más y más lágrimas.
Como
un rechazo en lo que es todo mi ser, que se negó a seguir viviendo como si
nada.
Y
es irónico, e inútil. Porque sabía que no le quedaba más remedio.
Tarde
o temprano, los ángeles deben volver al cielo.
Este
mundo insólito, a veces cruel, a veces hospitalario… este mundo esconde mil
secretos que ni en toda nuestra existencia lograremos descifrar. Porque no
están hechos para explicarse, ni para comprenderse… simplemente están ahí
porque los necesitamos. Empeñados como estamos en darle un sentido a todo a
través de un idioma que a veces se queda corto, nos cegamos antes maravillas
evidentes que aunque no puedan demostrarse, están ahí. Existen, y nos superan.
A
veces nacen ángeles sin alas. Hermosos, tienen una sonrisa tan bella que
arranca más sonrisas en los rostros que la rodean. Son seres especiales que,
tal vez, se merecen un mundo mejor que este. Son seres que en el fondo sueñan
con alcanzar las estrellas, con tocar las nubes, con recostarse en la media
luna y observar al mundo dormir.
Son
seres que olvidan que no pueden volar...
Es
uno de los límites que nos impone este mundo. Nos deja un cielo inmenso para
mirarlo desde abajo. Solo podremos tocar el suelo, por mucho que nos empeñemos
en llegar al cielo. Nuestro cuerpo siempre permanecerá atado al corazón de la
tierra. Quizá porque sabe que somos tan pequeños, tan insignificantes, que si
nos dejase solos más arriba, acabaríamos perdidos y sin rumbo. Como si no nos
siguiéramos perdiendo en nuestro propio planeta.
Cae
un ángel, atraviesa el aire.
Hay
una princesa durmiendo entre estrellas. Ningún príncipe podrá despertarla con
ningún beso.
Porque
no es su mente lo que descansa, sino su alma.
He
tardado mucho tiempo en atreverme a romper el muro. Ni siquiera sé si ahora que
quiero intentarlo, podré conseguirlo.
Es
un muro inmenso de piedra, frío, silencioso. Un muro que esconde un tesoro
hermoso y camuflado. Dormido.
Un
muro inmenso que sepulta mi conciencia y la calla, la obliga a que no piense y,
a la vez, a que lo recuerde todo.
Es
un muro dentro de mi mente, de nuestra mente. El muro del rechazo, de no querer
ver lo que tenemos delante, y lo tapamos. Un muro que nos impide asimilar una
pérdida, una derrota… que no nos deja seguir adelante, porque nos estampamos
una y otra vez con su fría y brutal piedra.
Es
difícil olvidar la sonrisa de un ángel.
Muy
difícil.
Debemos
derribar el muro del rechazo, que sane el olvido, que transcurra el tiempo…
Debemos
encontrar la fuerza para no rendirnos.
Para
no caer.
Hay
ocasiones en las que cualquier idioma se queda corto. Son situaciones tan intensas,
tan tristes, que ninguna palabra tendrá nunca el poder de representarla.
Sentimientos tan fuertes, tan duros… aún no se han creado palabras para
expresar algo así.
Por
tanto, es sencillamente imposible escribir lo que abarca nuestro corazón en
unos momentos así, es sencillamente imposible demostrar al mundo que lo que
llevamos dentro nos quema, nos abrasa, nos hace caer una y otra vez aunque
tengamos los pies en la tierra. Y es que hay mil forma de caer.
Pero
ninguna de describir cómo nos sentimos al hacerlo.
Todos
hemos soñado alguna vez con retroceder en el tiempo. Con dar marcha atrás, ver
al sol ponerse en la dirección contraria una y otra vez, hasta llegar al
momento justo en el que nos gustaría cambiar algo.
“¿Para
qué queremos relojes?” –chillaba mi conciencia- “Para qué los queremos si solo
nos sirven para ver cómo pasa el tiempo, sin que podamos detenerlo…”
Esas
malditas agujas seguirán girando, pase ocurra y suceda lo que suceda. Son
imparables.
Ese
tic-tac tan semejante a los latidos de un corazón. El corazón del mundo seguirá
palpitando, marcando el ritmo de nuestra vida, sin echar cuenta de los miles de
corazones que deja atrás. Tantos latidos al ritmo de un compás que no les
espera.
Ni
nos esperará nunca, a ninguno de nosotros.
Lo
que pocos saben es que dentro de todos los límites que nos imponen nuestras
propias palabras, que nos impone el mundo, la tierra o el mismísimo cielo.. dentro
de todo esto hemos creado algo que nos hace escapar.
Algo
que nos hace volar aún con los pies en la tierra.
Algo
que nos permite expresarnos sin necesidad de nombrar una sola palabra.
Que
nos permite incluso viajar en el tiempo, retroceder a donde lo necesitamos.
Se
llama música.
Y
eso nadie, nunca, podrá arrebatárnoslo.
Es
lo que nos permite seguir en pie aunque todo el mundo caiga una y otra vez. Es
lo que nos devuelve la esperanza para seguir levantándonos, para seguir intentándolo.
La que nos lleva a mil lugares distintos sin dar un solo paso.
Cae
un ángel desde el cielo. Atraviesa el aire, rasga el vacío, araña la distancia
a la piel de la tierra.
La
música le acompaña.
No
está sola.
Y
así es como la han despedido mil almas en pena, mil corazones que no sabían
dónde esconderse para que la realidad no les encontrara.
Una
misión inútil, porque esta siempre nos encontrará a todos. Hagamos lo que
hagamos.
Hay
quien lo llama arte, pero es mucho más que eso.
Un
escritor pinta su arte sobre palabras, un pintor lo pinta sobre el papel.
Un
músico lo pinta sobre el silencio.
Hemos
derribado un muro frío e inmenso a través de una melodía conjunta, una melodía
que brotaba del verdadero dolor que siente una persona cuando se crea un vacío
en su interior. Del dolor de una pérdida que no podrá recuperarse nunca, hagamos
lo que hagamos.
Dolor…
color. Una C lo cambia todo. Esa es su letra.
En
un mundo que a veces yace en blanco y negro, hay ángeles sin alas que se
atreven a pintarlo de mil colores.
Después
de la tormenta siempre llega el arcoíris.
Después
de tantas lágrimas, siempre estará ella.
¿Qué
hace tanto color tras la oscuridad de un muro?
Derribemos
ese muro. No dejemos que se quede ahí.
Más
allá del arcoíris. Esa es la clave.
En
aquel momento, detrás de nuestra princesa dormida, ya no sabíamos si éramos
nosotros los que escuchábamos la música, o era ella la que nos escucha a nosotros.
Lo
único que sé, es que ella sí que la escuchó.
Y
que la seguirá escuchando, cada vez que toquemos.
Porque
la tocaremos por y para ella.
Somos
demasiado pequeños e insignificantes para imponer un final. Vemos un final
cuando no sabemos darle explicación a lo que viene después.
Quizás
nada acaba, todo vuelve a su origen, todo renace de nuevo.
Una
sonrisa tan bonita no puede perderse.
Un
ángel tan hermoso no puede dormir eternamente.
Que
abandone un mundo no implica que se pierda para siempre. Una vez que se
desprende de la tierra, siempre le quedará el cielo.
Quizás
ahora ha encontrado las alas que había perdido cuando llegó aquí.
Tal
vez ahora pueda tocar desde lo alto, sin límites.
Llueven
notas, llueven plumas de unas alas que no dejan de saltar y batirse entre todas
esas estrellas.
Llueven
pétalos de una flor rosa que no deja de reír, y de volar, y de crecer…
Hay
mil corazones atados a tierra que, dentro de sus cuerpos pequeños, no son
capaces de llegar aún a lo alto.
Hay
mil almas tocando una misma melodía, pensando en una misma princesa.
Y
hay un flautín respondiéndoles desde el cielo.
Es
imposible demostrarlo, imposible escribirlo, o pintarlo.
Pero
sí podemos sentirlo.
Y
por ello, también podemos tocarlo.
Esa
es la magia de la música. Que va mucho más allá de lo real.
Y
ese, es el mensaje que nos deja nuestro ángel rosa cada vez que coge su flautín
y maravilla a las estrellas.
Siempre
estará presente, de un modo u otro.
Esa
fue la despedida muda de unos labios que no esperaban ningún príncipe.
Esas
fueron las últimas palabras de mil corazones repletos de amor.
Hasta
que la realidad nos separe, pequeño ángel.
Hasta
que nuestra música vuelva a por ti.

Impresionante
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