Testimonio estrecho Gibraltar.

Este texto lo escribí a principios de este año, y causó gran revuelo en los ambientes en los que lo di a conocer. Se trata de un testimonio y a la vez una crítica, que escribí para desahogarme por lo que había sucedido cuando volvía en un ferry de Tánger, que había estado allí junto con otros compañeros de voluntaria, (más adelante escribiré una entrada sobre mi estancia allí). El barco encontró una patera e intentaron rescatarla, pero la patera volcó y los inmigrantes cayeron al agua, la mayoría ahogándose. Todo estoy ocurrió muy rápido, y nos pilló a la mayoría fuera. A mí entre ellos, por lo que lo vi todo, delante de mi. Después estuvo el ferry más de cuatro horas buscando los cuerpos y realizando operaciones de rescate. Este suceso también apareció en las noticias, ocurrió el 2 de marzo de este mismo año. Fue tan impactante para mi que la única manera que encontré para desahogarme, como suele pasarme, fue escribiéndolo. Es largo, porque había mucho que contar, pero creo que merece la pena leerlo. Os lo dejo por si os interesa :)


Inmenso, oscuro. Dominante de cada palmo de tierra que sepulta bajo sí. Desafiante del sol y de la luna, guardando el reflejo dorado y plata de sus cuerpos lejanos, invitando a las estrellas a caer y a perderse en el descomunal mundo que oculta en lo más profundo…
Nada vuelve a ser lo mismo cuando miras los ojos de la muerte.
Ojos de desesperación, vacíos de llanto, recubiertos de miedo en cada milímetro… ojos que desaparecen bajo la violenta espuma de un océano grandioso… asesino.
No hay palabras suficientes para describir la impotencia, el horror y el dolor de ver cómo un inocente sucumbe bajo las aguas… a un metro por debajo de ti. Tan cerca, tan cerca… y tan lejos.
A veces nuestra mente no es capaz de comprender hasta que punto sufre una persona, hasta que punto de desesperación pueden llegar aquellos que más sufren para salvar a los que más quieren… cómo arriesgan su vida y se enfrentan a un océano inmenso y helado, sin piedad, que colecciona cuerpos desde miles de siglos atrás… a veces, no somos conscientes del grito silencioso que nos mandan en cada gesto, en cada hazaña… porque muchas veces, lo único que hacemos es ignorarlo.
Cuando una situación de pánico puede contigo, al principio no eres capaz de asimilarla. Te ves perdida en la inmensidad de ese cementerio marítimo, y notas como se congela poco a poco tu sangre, cómo brotan lágrimas calientes y gemidos de tu garganta. Por más que cierras los ojos no puedes desaparecer de allí. Por mucho que te ocultes, aquello no cesa. 
Una vez cerrados los ojos, todo viene a ti. Cada grito, cada balanceo del barco y cada oración para que no volcases. El llanto desconsolador de tu propia garganta y de tus propios compañeros que iban allí, contigo. Escuchas las botellas de cristal caer al suelo y romperse, los portazos de la puerta cada vez que el barco volvía a tambalearse, el quejido de aquellos que corrían y vomitaban en bolsas o en el baño, el desconsuelo de aquellas mujeres, de cada persona que caía por no encontrar a tiempo dónde agarrarse, antes de que el barco volviese a girar…
Y los ves. A ellos. Esa horrible imagen que nace una y otra vez desde el recuerdo, y te muestra sus ojos, los ojos de un inocente que sucumben en el frío del mar… los ojos de un inocente que te miraron, antes de desaparecer bajo la espuma.
Y tú gritabas, gritabas y llorabas sin creer lo que veías, sin ser conciente de que lo que el barco dejaba atrás mientras se alejaba era un cuerpo con vida... ahogándose en mitad del océano, delante de ti.
No puedes olvidar aquella imagen. Te persigue debajo de tus párpados, en la oscuridad de tus pensamientos. Y provoca que llores, te entrega de nuevo al sentimiento de dolor, y de pánico… impotencia de ver que no podías hacer nada por salvarlo, desesperación por no poder creer lo que estabas viendo. Lo que estabas viviendo.
Una persona que no come, ni bebe, ni duerme durante varios días, y desde entonces rema enfrentándose al frío del océano, a cada ola, a cada ráfaga de viento helado… una persona así no tiene fuerzas para agarrase a una cuerda. Tampoco para nadar hasta un salvavidas.
Por eso la patera volcó.
No tenían fuerzas para agarrarse a las cuerdas. Y cuando uno cayó al agua, los demás fueron detrás.
Dichoso destino, cada uno en una dirección distinta. Cada uno en una corriente submarina que lo alejaba del barco.
Lo recuerdas, lo sientes en la piel, puedes verlo en cuanto cierras los ojos.
Ese momento en que todo parecía bajo control… hasta que uno de ellos cayó. Y el agua lo arrastró lejos de los demás.
Aquello fue una de las cosas que más te impactaron, porque no podías creerte lo que estaban viendo tus ojos.
No podías creer que en medio de aquella tragedia, a vida o muerte… cada cual utilizara sus últimas fuerzas para salvar al otro.
Uno se ahogaba en el agua, pero empujaba al compañero de al lado para que subiera a la barca. Y así intentando ayudarse unos a otros ninguno tuvo fuerzas para agarrarse a la cuerda.
Por eso cuando uno de ellos cayó al agua, y los demás intentaron agarrarlo, la patera volcó y los cinco quedaron flotando en un mar helado, alejándose en distintas direcciones, hundiéndose en el agua y saliendo a flote, golpeados una y otra vez por las olas.
Uno de ellos fue arrastrado al lado del barco, él fue el inocente que entre ola y ola levantó los ojos y encontró los míos. Un segundo. Un simple segundo en que la muerte cruzó por la mirada de un valiente que no encontraba más fuerzas. Uno de tantos héroes que, como él, murieron en anónimo. Mueren y son olvidados.
Recuerdo que no podía apartar la vista, que no quería dejar de mirarlo. Un tripulante llegó y le tiró un salvavidas. Pero el maldito océano no estaba de nuestra parte, y mientras al valiente inocente lo arrastraba hacia el rastro de espuma que dejaba tras de sí el barco, otra corriente alejaba el salvavidas en la dirección opuesta. Y él no tenía fuerzas. No podía más.
Creo que dejé la marca de mis uñas en la barandilla del barco, todos gritándole que cogiera el salvavidas, que se agarrara… pero él no podía. No podía más. 

Y vimos como se perdía bajo la espuma del barco, como su cuerpo era golpeado por las olas mientras el barco de alejaba y lo dejaba allí, en mitad de un océano frío y asesino… sin rastro de piedad.
Lo demás son recuerdos fugaces. Cómo rompí a llorar y retrocedí, casi cayendo sin encontrar a qué agarrarme; cómo una mujer que no conocía de nada lloraba conmigo y nos ofrecíamos consuelo sin saber qué más hacer. Cómo uno de los monitores, con la cara descompuesta, me repetía que me metiese dentro del barco. Pero yo no podía, no me respondían las piernas. Ni siquiera tenía voz.
Compañeros míos entrando y llorando, abrazándonos todos, sentándonos y compartiendo un llanto repleto de impotencia y dolor. Y luego, horas y horas de balanceo continuo, gritos, llantos, botellas de cristal que se rompían, gente que caía, gente que vomitaba… y yo llorando, con los ojos cerrados y apretada a mi mochila, mientras con otra mano apretaba la mano de mi compañera. Por cada portazo un apretón, por cada balanceo un gemido. Cuando mirabas por la ventana llegaba un momento en que solo se veía mar, el cielo se perdía.
Todo ello en cuatro horas y media que aún no puedo asimilar.
Ahora, tan solo quedan las imágenes grabadas, los sonidos que por más que subía el volumen de la música, no dejaba de escuchar. Pero sobre todo, queda una terrible impotencia al pensar que esto ocurre día si, día también… que la gente ya lo ve como algo normal. Habitual.
¿Es normal que personas, como tú y como yo, estén tan desesperadas como para atravesar ese mar despiadado en una barca de plástico? ¿Y con remos de juguete?
No quiero saber qué clase de desgracias habían tenido que sufrir para decidirse a hacer eso. No quiero ni pensar lo que han tenido que soportar para embarcarse en una travesía tan arriesgada, con tantos posibles finales horribles…
La gente habla de héroes, pero pocos han visto alguno de verdad.
Yo los vi ayer. Eran cinco.
Luego, fueron seis.
Porque hay personas capaces de dar hasta el extremo por salvar a una persona desconocida. Personas capaces de entregar su propia vida para salvar la de otro.
Desgraciadamente, esta vez no hubo final feliz.
Un héroe camuflado de tripulante se tiró al agua para salvar a un héroe inocente. Pero la suerte no estaba de su parte, las corrientes del mar se encariñaron de sus cuerpos vivos, calientes, como un niño se encariña con un juguete nuevo… y las olas decidieron jugar con ellos.
Una de esas olas metió al héroe camuflado de tripulante debajo del barco. Solo ahora que sé dónde encontraron su cuerpo, comprendo la sacudida en el motor cuando estábamos a bordo. Supongo que el agua ahogó su grito desgarrador antes de que las hélices del barco lo atrajeran hacia sí.
Otra ola jugó con el cuerpo aún vivo del héroe inocente, hasta llenar sus pulmones de agua y alejarlo de un barco que intentaba rescatarlo. Jugaron con su cuerpo hasta ahogarlo, de forma macabra, hasta que el último aliento de vida se perdió en la espuma del mar.
No me siento víctima de lo ocurrido. Aunque tenga pesadillas o no pueda dormir. Ni siquiera porque todo el mundo pregunte y se preocupe, como si hubiera sido yo la que iba en aquella barca de plástico… o la que se hubiese tirado para rescatar a uno de los inmigrantes.
Me siento impotente. Es una impotencia tan inmensa que cuesta respirar, puedo notar su peso en mi espalda, como si mi estómago se hubiera llenado de piedras, o alguien hubiese atado en mi cabeza miles de ladrillos y no pudiera levantarla. De hecho, no puedo. Cuesta mirar al cielo y estar segura de que abajo tuya hay tierra, y no agua. Que el suelo no se moverá de un lado a otro, que ninguna botella llegará rodando hasta ti…
Impotencia de haber visto morir a personas inocentes, mientras todos los días veo enriquecerse a los culpables.
Quiero pensar que por cada corazón que deja de latir, ya sea bajo las aguas del mar, o por cualquier otra causa de muerte, un pequeño corazoncito comienza a latir en otro lugar del mundo. Que los espíritus viajan de cuerpo en cuerpo, que el alma nunca se pierde.
Y ojala que esos inocentes encuentren una vida digna, y los culpables padezcan lo que ellos mientras ahora no hacen nada por cambiarlo, ni por ayudarles.
Allí quedan en el mar las lágrimas de inocentes que murieron en silencio, rendidos cuando no quedaban más fuerzas, y lágrimas de impotentes que, sobre un barco tambaleante, les gritaban intentado que las mismas palabras les dieran un último aliento, entre bocanada y bocanada de sal.
También quedan salvavidas que no salvaron ninguna vida. Y dos cuerpos perdidos que vagan día y noche bajo el agua, vacíos de espíritu, con un corazón en silencio, y una vida olvidada. Personas a las que querían y que una vez que mueres, olvidas como si nunca hubieran existido. Como si no hubieras acabado ahí por intentar salvarlas. 
No vale contar el número de muertos en ese estrecho. Tampoco contar la parte macabra para que la población se sienta un poquito mal, y luego sigan con su vida de siempre.
Lo único que vale de verdad es ir poniendo cada cual su granito de arena, para que el inmenso océano de mentiras y trampas que ha creado la sociedad vaya extinguiéndose. Para que toda esa tierra sepultada salga a flote, y nadie más se ahogue en falsas bondades, ni en falsas promesas.
Yo no sé si aquellos que mueren son reflejo de Dios, o hijos de Dios, ni siquiera sé si somos producto de un ser divino.
Lo único que sé con seguridad, es que esas personas que mueren día a día arriesgando su vida por salvar la familia que dejan atrás, tienen capacidad de sufrir, y de amar. Y que solo por eso, ya se merecen todo mi amor y todo mi respeto.
Que solo por eso, merece la pena poner mi propio granito.
Para que ningún inocente más atraviese el estrecho con una barca de juguete, y acabe él mismo convertido en juguete del caprichoso mar.
Para que nadie más que escuche esto no sienta absolutamente nada por dentro.
Porque una vez vivido en la piel, esa impotencia no se borra nunca. Esas imágenes permanecen por siempre.
Y con ellas, traen la energía necesaria y suficiente para hacer frente a lo más grande. Para ser voz de aquellos a los que han silenciado.
Para hacer sonreír a aquel que llora. Y sobre todo, hacerlo persona.
 Devolverle su dignidad.
Y no permitir que nadie, nunca más, vea una muerte así como algo normal. Como una más.
Que nadie olvide el motivo que lleva a unos inocentes a convertirse en héroes anónimos, sin rumbo, para ser olvidados bajo la espuma del mar.
Perder tantas vidas para nada…
Lo peor es que intentan vendernos como imposible el poder cambiar esa situación.
Y nada es imposible. Absolutamente nada.

Allí que van, héroes inocentes a los que prometen el cielo si atraviesan el infierno.
Lo malo es que nadie les dice dónde comienza el cielo.
Ni dónde acaba el infierno…

1 comentario:

  1. Siento mucho que hayas tenido que presenciar algo tan atroz y tan triste. Lo sabía porque me lo comentó tu madre. Pero tú lo describes de una forma tan explícita y tan sensible que no he podido evitar que se me escapasen las lágrimas. Yo además estoy muy sensibilizada el tema de la inmigración.
    Gracias por tu relato y gracias por sentirlo de una forma tan especial.

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