sábado, 5 de octubre de 2013

En burbujas no entran palabras.

Me gustaría no haber encontrado palabras. Así no tendría que escribir algo tan difícil y tan doloroso.
Pero las he encontrado. Porque ni siquiera he tenido que buscarlas, ellas han venido solas. Ante tanto sufrimiento no solo ves las palabras, sino que oyes gritos, oyes protestas, oyes a tu misma conciencia lamentándose ante tanta indiferencia… hay momentos que se clavan y frenan tu día a día, lo queramos o no.
Creo que el mundo se está sumiendo en un individualismo tan bestial, que ya nadie se rige por su propia conciencia. Han aprendido a callarla y a vivir paliando lo que esta les chilla.
Hay millones de personas, cada vez más, viviendo su vida en burbujas, alejándose de todo lo que les rodea como si así no les afectase.
¿Qué lleva a seres que supuestamente sienten y padecen gracias a la empatía que tienen por el otro… qué es lo que les lleva a pasar de largo? ¿A no inmutarse, a no derramar ni una sola lágrima frente aquel que sufre?
A veces pienso que quizás, soy yo la que no está en buenas condiciones. La que va por detrás del resto. Yo veo noticias como la del pasado miércoles… y yo lloro. Lloro, no puedo evitarlo. Siento una impotencia, una rabia y una tristeza tan profundas que el único modo que encuentro de calmarme es dejar que broten las lágrimas. No harán nada ni por mí ni por ellos, pero al menos me recuerdan que aún me queda sensibilidad.
No como a la mayoría de los que quedan ahí fuera.
Y no porque no lloren. No por eso.
No les queda sensibilidad cuando pasan de largo, cuando lo ven y no van a ayudar, cuando se vuelven sordos a los gritos de auxilio para que su conciencia bien callada no sienta también ganas de gritar con ellos.
Pienso que, ahí arriba en sus burbujas y cada vez más alto, sienten un miedo atroz a caer. Y caerán en el momento en que se den cuenta de que ese “no es tan grave” que les susurra su falsa conciencia, es mentira. No se acercan a ayudar porque temen que les afecte, porque saben que lo hará. Y en el momento en que ese inocente que sufre les toque su fibra sensible... saben que sufrirán por el otro y temen hacerlo. Porque es más fácil vivir ignorándolo todo, vivir andando por nuestro camino sin pararnos a ayudar al que cae, e incluso a veces, pasando por encima de él si es necesario.
Gota a gota se llena un vaso. Lágrima a lágrima se funde la sal del océano.
Había oído muchos sucesos con una indiferencia por parte de los protagonistas más cercanos que incluso yo preferí no pararme a pensar en lo que había ocurrido, por temor  a darme cuenta de que si, de que es verdad, de que hay gente que ha dejado enfriar su corazón de tal manera que ya no es más que un trozo duro y frío de hielo, insensible incluso al calor de una lágrima.
Recuerdo la noticia de la mujer india en el autobús. Aquella que violaron un grupo de hombres de una forma tan bestial que días después murió por el desgarre interno que le habían provocado.
Repito: en un autobús. Un autobús donde iba más gente, todos ellos más que conscientes de lo que estaba pasando, y ninguno se levanto a impedirlo. ¡Ninguno!
No hay que irse tan lejos, no hay que recorrer kilómetros para darnos cuenta de la terrible indiferencia que va sepultando este mundo poco a poco.
Hace unos días a una mujer anciana, cuando paseaba por la calle, le mordió un perro en la pierna y le provocó una dolorosa herida. Sangraba y del susto tardó en reponerse. El dueño estaba sentado en el bar de enfrente y tras presenciar la escena, ni se levantó. Simplemente llamó a su perro y dejó a la anciana a su suerte. Nadie de los que estaba en el bar se acercó a ella. Nadie de la calle. Lo que ellos no sabían, es que esa mujer había sufrido ya dos infartos de corazón, y que un susto así la podía haber dejado en el sitio. Lo que nadie sabe, es que esa mujer es mi abuela.
Ni que hablar ya de lo ocurrido hace unos días, con el joven polaco de 23 años. Lo encontraron tirado en la calle, con una desnutrición tan terrible que no podía ni ponerse en pie. “Estaba raquítico, como los chiquillos que salen en las zonas de África con hambruna” fueron las palabras textuales de una de las personas que llamaron a la ambulancia para socorrerlo. Según ellos, era escalofriante verlo, él mismo “no se explicaba cómo había podido llegar hasta aquí, no podía andar…”.
Su nombre era Pietr, y tras ser atendido en el hospital, esa misma noche a las dos de la madrugada le dieron el alta bajo el epígrafe de “problemática social” y lo mandaron a un albergue de servicios sociales, donde horas después murió.
Pesaba treinta kilos, 30 kilos con 23 años, y sin embargo le dieron el alta cuando necesitaba una ayuda mucho más seria. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo de insensible o de callada tiene que estar una voluntad para que se eche a una persona en ese estado, sabiendo que su vida peligra? No ya como trabajadores de allí, sino como personas, es que tu propia moral no te puede permitir hacer eso…
A mi me da vergüenza reconocer que esto ha pasado en mi propia ciudad. Tan cerca de mi zona. Lo último que he leído de esta noticia es que fuentes de investigación están buscando a familiares de este chico que se encuentren en el país, pero lo único que han conseguido averiguar es que al parecer había venido a España en busca de su hermano.
Y ya, como guinda final a este pastel envenenado del que a todos nos obligan a comer un poco… la tragedia acontecida en Lampedusa. 

Más que quinientas personas viajaban en esa embarcación, somalíes y eritreos. El naufragio superará con creces más de trescientos cincuenta muertos.
Al parecer llevaban dos días viajando, tan apretados que no podían ni moverse. Cuando llegaron a la proximidad de la isla decidieron prender una manta que tenían para llamar la atención, con la mala suerte de que el puente del barco estaba sucio por carburante, y en un momento el barco entero quedó apresado por las llamas. El pánico se adueñó de los inmigrantes y muchos se tiraron al agua sin saber siquiera nadar, mientras que el navío se hundía pesadamente sobre el mar. Durante toda la tragedia, tres barcos pesqueros pasaron, los vieron, y no les ayudaron. Y aunque hubiesen estado todos ciegos, hubiesen podido oír perfectamente los llantos y los gritos desgarradores pidiendo auxilio,
Por ahora, son 135 supervivientes, 150 cadáveres y alrededor de 200 personas desaparecidas. Añadiendo a todo ello que los buzos de la Guardia Costera han contabilizado en el interior de la nave hundida a cuarenta metros de profundidad casi un centenar de víctimas, la mayoría mujeres y niños, en su momento muchos de ellos atrapados.
Respecto a la frialdad de los barcos pesqueros, salió en debate que Italia tiene una normativa deshumanizada frente a este tipo de situaciones, ya que el país ha procesado a pescadores que han salvado vidas humanas con la acusación de haber favorecido a la inmigración clandestina.
Así como dato, además, la conclusión a la que ha llegado la Liga Norte es que la responsable moral de la tragedia es Cecile Kyenge, la mujer de origen africano sobre la que escribí una entrada hace más tiempo. Su respuesta tajante fue: “Imputarme la responsabilidad moral es una ofensa a las víctimas”.
No comprendo a dónde quieren llegar con esto, ni siquiera… no se. Es que no se no lo se. Dije que tenía palabras, ¿Pero sabéis qué? Era mentira.
Lo único que tengo es una impotencia tan grande que me caigo por su propio peso. Una rabia que escuece tantísimo, y una tristeza tan profunda… que la única manera de sacármelas de encima antes de que ellas me saquen a mí de mis casillas, es escribir, escribir como si así todo fuera a solucionarse, como si mis palabras pudieran derretir todos esos corazones fríos rodeados de una burbuja tan pomposa y tan dura.
No podemos ir por la vida con una indiferencia tan atroz. No podemos dejar de inmutarnos ante estas situaciones. Y sí, sé que hay gente que ayuda, sé que hay gente que puso su alma en ayudar a todos aquellos inmigrantes… pero también sé que hay gente que no lo hizo, y que si volviera a suceder, seguiría sin hacerlo. Ellos son los que se merecen estas palabras de crítica y sin embargo, ellos son los que no las leerán.
El mundo a veces es tan inmundo, que nos creemos en ninguna parte.
Quiénes somos nosotros para poner fronteras, para decidir quién vivirá con dignidad y quién no, quién comerá todos los días tirando lo que no le gusta, y quién morirá de hambre, sin encontrar nada que llevarse a la boca.
Creo que el mundo entero, la misma tierra, se estremece ante tanto dolor chocando con tanta indiferencia. Y todos aquellos que viven en sus burbujas no se dan cuenta, no notan los temblores, no sienten nada que no sea el propio frío de su corazón…
Yo no sé ya, si de verdad así se libran del dolor.
Se sufre muriendo intentando salvar tu vida, y la de los tuyos.
Pero también se sufre viviendo muerto, queriendo salvarse solo a uno mismo.

Porque en el fondo saben que nadie, se molestará en salvarlos a ellos.