No es fácil introducir y comenzar
un blog así. Tengo miles de ideas en la cabeza, pero no sé cuál de ellas es
mejor para comenzar. No puedo empezar de golpe con un tema muy fuerte, pero
tampoco con uno que de primeras resulte absurdo.
Creo que me gustaría comenzar
partiendo de un tema más cercano, algo que recordé el otro día y fue uno de los
motivos que me animó a poner en pié la idea del blog.
Estaba sentada en el sofá en
pleno aburrimiento característico del comienzo de verano de cualquiera de mi edad,
en el que hay determinadas horas, sobre todo al principio, que no sabes cómo
demonios rellenar. Y medio dormida, cambiando los canales de la televisión, vi
que estaban echando Mulán y la dejé. Era mi película favorita cuando pequeña,
mi princesa favorita. Me llamaba la atención porque era la única cuyo objetivo
y final feliz no se basaba en encontrar a un príncipe azul, sino en salvar a su
padre partiendo a la guerra. Creo que a todas nos han metido desde pequeñas la
idea de que hay un príncipe ahí fuera esperándonos, pero nadie nos advirtió de
que tuviéramos cuidado con las falsas ilusiones, porque a la larga iban creando
sentimiento verdaderos hacia personas equivocadas.
El caso es que en una de las
escenas del final, cuando Mulán rescata al emperador (confío en que todos
hayáis visto esta película tan típica, no creo que le haya estropeado el final
a nadie), todo el mundo aclama a Mulán por su valentía, y entonces un dirigente
del ejército exclama algo así como… “¡Pero no le mostréis ningún respeto, que
no es nada, es solo una mujer!”.
De pequeños, cuando vemos una
película, a todos nos llama más la atención lo que son los dibujos, los colores
y los movimientos. Lo que dicen los personajes pasa un poco más a segundo
plano. Cuando oí esa frase me sorprendió, y aunque al principio no me dijo
nada, más tarde recordé que no era la primera vez que me quedaba pillada al
oírla.
Así recordé que de pequeña,
viendo la película oí esa misma frase y no la comprendí. De hecho pensé que era
parte de la inventiva de la película, para darle más protagonismo a Mulán, como
si verdaderamente esas personas creyesen eso. Y se lo comenté a mi padre, que
estaba sentado al lado mía, y él me dijo que no, que no era nada inventado. Que
en China, las mujeres no tenían valor.
No me acuerdo cuántos años podría
tener, quizás siete u ocho. Lo que sí recuerdo es que me enfadé con mi padre
porque pensé que me estaba tomando el pelo, y yo no era entonces ninguna niña
chica como para creerme algo así…
Porque, ¿Cómo iba a ser cierto?
Es que, ¿Qué tipo de fundamento tenían para afirmar una cosa así? Mi
razonamiento principal era: mamá y papá son iguales, si falta uno de los dos,
yo no estoy aquí. Entonces, ¿Por qué uno va a ser más importante que el otro?
Con el tiempo, conforme vas
creciendo, te vas haciendo a la idea y lo vas aceptando. De hecho ahora lo
pienso y no me escandalizo tanto, porque al igual que el resto, me he
resignado. Sin embargo, no se me olvida la primera impresión que me dio cuando
me lo contaron.
Esa es la inocencia que quiero
defender en este blog. La inocencia de enterarse de un problema que al resto
solo le supone uno más por el que no se puede hacer nada, mientras que para la
persona inocente es algo inconcebible e inexplicable, que hay que frenar como
sea.
Es la inocencia de pensar que
todo tiene solución, pero que la gente no se pone en marcha. Quizás porque
todos piensan que están solos en esa lucha, en vez de pensar que son la gota
que colmará el vaso.
Pero precisamente esa es la
inocencia que empuja a intentar cambiar las cosas. De esa inocencia nace el
coraje y la fuerza para plantar cara a lo que el resto ha etiquetado como
normal.
Granito a granito se hace una
montaña, y aunque nadie ha dicho que sea fácil, muchos dicen que no es imposible.
Y con eso, basta.
Lo demás, son excusas por temor a
fracasar.
Pero peor fracaso es quedarse de
brazos cruzados, sabiendo las barbaridades que se cometen ahí afuera.
Es más importante y más difícil ser valiente que ser fuerte. Se es fuerte por condición, a ser valiente se aprende. Y no puede ser valiente quien no sufre el miedo, es la única condición para la valentía: enfrentarse al miedo y vencerlo.Y para eso hay que saber qué nos produce miedo y qué obstáculos hay que salvar para poderlo vencer. Y olvidar qué piensan los demás cuando digan que es imposible. Imposible es volar sin alas, lo demás sólo es difícil.
ResponderEliminarTú conseguirás vencer cualquier miedo, porque tienes ganas de llegar a donde te hayas propuesto, aunque aún no sepas qué es.
Adelante!!