domingo, 1 de septiembre de 2013

Y caemos poco a poco.

Llevo ya bastantes años oyendo esto de “La crisis”. Se podría decir que he crecido con ella. He crecido oyendo recortes, oyendo cifras de parados, oyendo protestas, quejas y lamentos de los que más la sufren.
Sin embargo, en todo este tiempo, no he oído a uno solo de los que están arriba renunciar a sus buenas cantidades de dinero. En cambio, si que he oído a otros que estamos más abajo echarlas en falta. Y no por que no puedan comprarse el móvil que les guste, o porque les duela más renunciar a un par de prendas de ropa.
Las he oído cuando no podían permitirse el lujo de comprar comida, y debían acudir a un comedor social. Las he oído cuando niños que empezaban el cole no podían ni comprarse materiales nuevos, y se les caía la cara de vergüenza delante de sus compañeros, y del profesor. Las he oído cuando no podían pagar hipotecas, y a raíz de ahí les echaban sin piedad de sus casas. Cuando jóvenes brillantes tenían que emigrar a buscar suerte en otros países, y los que no podían ni permitirse el viajar se quedaban aquí, o bien esclavizados en un bar cutre o carcomiéndose porque no saben dónde se ven el día de mañana. Muchos de ellos haciendo doctorado, o con carrera terminada y más que nota suficiente como para darse a valer en un trabajo.
Todo esto lo iba oyendo, y oyendo, pero supongo que intentaba y evitaba no preocuparme, confiando en que con el tiempo se solucionaría, que tanta importancia no tenía, que todo el mundo lo estaba exagerando.
Era mi manera de evadirme y no ver la preocupación en la mirada de todos los mayores que me rodeaban. Lo triste es que cuando veía ese destello de ansiedad, solía ser mirándome a mi, o a los de mi edad. “¿Y qué haréis vosotros?” –pensarán- “¿O cómo?”
Ahora que el tiempo pasa y sigo oyendo lo mismo, esa ansiedad va anidando poco a poco en mi cabeza. Muchos me dicen “No te preocupes, para cuando tú tengas que trabajar ya estará todo mejor”. Con mejor quizás se refieren a los pobres más pobres, los ricos más ricos, y la clase media en extinción. Porque no veo que estén llevando esta situación hacia otra parte. 

Yo también doy por hecho que cuando termine de estudiar ya… un momento. ¿Estudiar? ¿Universidad? Si, yo también lo daba por hecho. Hasta que una se da cuenta de que eso no está ahí para todo el mundo, y que tal como vamos… sería una suerte si consigo no ya entrar en la carrera que quiero, sino pagarla.
Damos por sentado cosas que con el tiempo cambian, y mientras los de ahora no podrán trabajar, muchos de ahora no podremos estudiar. ¿Becas? ¿Para qué? Un país irá mucho mejor cuando estudien solo los que tengan dinero, no inteligencia de sobra para sacarse una carrera con matrícula. Así los profesionales del día de mañana serán aquellos que hayan podido pagarse sus estudios. Todo irá mejor entonces ¿verdad? Los que no tengan dinero, que se busquen la vida, pero ¿estudiar? Eso es de ricos, chaval, no sueñes con cosas que no están a tu altura.
Hay muchas formas de afrontar y asimilar una situación así. Esa duda de “¿Podré, podré estudiar?” Yo por lo menos tengo la macabra “suerte” se continuar con esa duda, pero también sé de otras amigas mías que saben bien la respuesta a esa pregunta, y prefieren ni pensarla para no agobiarse aún más.
Cuando comprendí, en mi burbuja ajena a todos, que la crisis también me afectaba a mí, caí de esa burbuja y me quedé sentada en el suelo, abatida. Parecía todo tan lejano, tan lejos de mi... y sin embargo estaba ahí, en cada paso que daba.
Primero me sentí triste, engañada, no podía creer de verdad que no fuera a ser tan fácil como lo había pensado en un principio “Estudio una carrera y trabajo”. Anda pues no, estudias si tus padres se matan a trabajar para poder pagártelo, y trabajarás si bien emigras a otro país o te pones aquí a mendigar por un puesto.
Luego me cabreé, me enfadé con el mundo y con todos los que están ahí arriba y que sin ningún derecho deciden en cada acción lo que será de mí el día de mañana. Mis padres se tienen que matar a trabajar todos los días cada vez por menos dinero, y más horas, para que yo pueda estudiar y salir de este país e intente hacer algo con mi vida, mientras ellos se ríen en sus casas bien decoradas, cuentan sus millones y coleccionan paraísos fiscales.
Llegué a soñar que me escapaba y me plantaba en mitad de un congreso, por la cara. Es obvio que era un sueño, porque entré por una ventana, y no creo yo que la seguridad de un sitio así esté tan a la ligera. Me plantaba allí, pedía educadamente un micrófono y leía todo un texto ya preparado, mientras la mayoría asentían y cuando terminaba aplaudían. A partir de ahí de no me acuerdo de mucho, solo sé que se repente apareció Obama y no recuerdo por qué. Después se transformó en pesadilla, porque me desperté bastante agobiada. 

“Como yo no pueda estudiar por culpa de los gilipollas que están ahí tocando las pelotas a todos los trabajadores honrados que quedamos, yo la armo eh?” –le dije a mi madre- “Es que no pienso quedarme quieta. No será la primera vez que una persona mueve a un millón”.
Que ilusa ¿verdad? Como si yo pudiera de verdad hacer algo.
¿Pero y qué? Yo sé que no es fácil, y que seguramente fracase. Pero prefiero fracasar por intentarlo mil veces, que fracasar por quedarme de brazos cruzados. Si, suena a tontería de niña pequeña, pero en verdad, esta es la inocencia que mueve al mundo. Al fin y al cabo, estoy convencida de que las más grandes personas son todos esos ilusos que vivían soñando, y que un día decidieron despertar.
No cunda el pánico. Por ahora no se avecina ninguna revolución mía así de solipandi en huelga. Lo que más triste me parece, es que soy ilusa por creer que puedo levantar algo grande, pero más aún lo fui pensando que podría estudiar sin problemas. Y esa, si que es una realidad que tarde o temprano presentará su oportunidad, y no sé si podré ni estaré en condiciones de aprovecharla. Ni siquiera sé si se me presentará a mí.
¿A dónde va el mundo? No lo sé. Tenía entendido que iba dando vueltas, y parece que nos caemos en cada vuelta que da. No sé a dónde va, lo único que sé es que yo no voy con él. Y que si alguien dice “imposible” para mí significa “inténtalo”. ¿No sabéis ya que para un adolescente lo “prohibido” viene a ser “hazlo sin que se den cuenta?” Pues para una adoles-ino-cente como yo, lo que me quitan injustamente, viene a ser como un… “no dejes que se lo quiten a nadie más.”
Y eso haré.
Qué inocente, ¿Verdad?

Menos mal.

1 comentario:

  1. Conchi, estás diciendo cosas que no son más que verdades. No hay nada ilusorio en tus palabras ni en tu actitud. No somos ilusos porque nos están quitando la ilusión. Tampoco todos estamos resignados y tú, según lo que he leído, mucho menos. Lo haces muy bien, pones tu grano de arena, más que un grano, un buen puñado, y no te dejas arrastrar por el fácil "la lo arreglarán los mayores". Eres un ejemplo, un magnífico ejemplo, no solo para la gente de tu edad, lo eres también para gente mucho mayor que tú, que pasa el día quejándose sin decir ni hacer nada para intentar, aunque sea con unas palabras de condena en público (como haces tú), que pueda haber algún cambio.
    Sigue así y sigue escribiendo. Cuando seas mayor, habrá libros tuyos (aunque ya no existan los de papel)que muchas personas leerán; porque escribes muy bien y describes aún mejor.
    Enhorabuena.

    ResponderEliminar